Libres del tiempo

Dédalo de frías callejas, con muros encalados y patios sonoros. Aquí y allá, un convento cerrado, una antigua capilla sin culto, una imagen de la Virgen en nicho con lucecita, un Cristo, un viejo palacio cuya piedra se deshace, un balcón cincelado y, en él, mujeres asomadas... Gracias a Dios, no existe ahora nada extraño por estas calles toledanas: libres del tiempo, prendidos por el gozo, el deleite es perfecto (...)
Descúbrese Toledo sobre su trágico peñasco, cuyos flancos se desploman en el agua del río. El sol los golpea con dureza, arrancando limpios destellos de acero. Toda esta masa rota, contraída, atormentada, aparece dominada por el alcázar. Y, en el centro, la catedral, con su peso macizo, imprime a la cima una presión de hundimiento.

Francis Carco. Printemps d'Espagne (1929)






 






Escuela y ciudad de gloria tanta


Trono real de los antiguos Godos, 
de sus famosos Reyes sepultura, 
ciudad en quien el arte y la natura 
descubrieron sus artes y sus modos. 
Madre y Primada destos reinos todos, 
escuela del lenguaje y compostura, 
corte Real que dio entrada segura 
a Alanos, Anglos, Suevos y Ostrogodos. 
Teatro de concilios, ilustrado 
con la presencia de la Virgen Santa 
madre y reina del cielo y del profundo. 
Toledo esta sois vos, trono. Primado, 
corte, escuela y ciudad de gloria tanta, 
que en vos está cifrado todo el mundo.

Baltasar Porreño. Historia de los arzobispos de Toledo (1604) 











Dentro de la historia

La visita que en 1900 hicimos a Toledo fue capital en el desenvolvimiento de la escuela. Fuimos a Toledo, no como frívolos curiosos, sino cual apasionados. Nos atraían los monumentos religiosos. En ellos se encarna la nacionalidad española. Interesábannos las iglesias visigóticas y las herrerianas, las iglesitas de pueblos y las grandes y suntuosas catedrales. En las catedrales, verdaderos mundos del arte, íbamos desde la estofa de una casulla antigua a la tabla de un retablo. Y acaso lo que más nos apasionaba era un arte eminentemente español, que en las catedrales, sobre todo en las grandes catedrales, como las de Toledo y Cuenca, alcanza manifestación espléndida: el arte del hierro forjado. Rejas, cruces, atriles, púlpitos, los hay primorosos labrados en hierro. Sobre todo,  las rejas.
El arte había de conducirnos a la pura espiritualidad. De otra manera, la comprensión de España hubiera sido incompleta. Y el tránsito de un mundo a otro, de la región sensual a la región etérea, nos lo facilitaba el Greco en quien el arte, el más refinado y moderno arte, se alía al fervor más intenso en el espíritu. Insensiblemente, sin que nos diéramos cuenta, en la soledad y silencio de una capilla recóndita o en la vastedad de una nave, la balanza de la sensibilidad va inclinándose, ante el Greco, hacia el lado de la pura y desinteresada contemplación. Y ya, con el fervor contemplativo, nos hallamos dentro, plenamente dentro, de la historia de España.

Azorín. Madrid (1941)







 


























Elefantes en la Fábrica


Cuando llegamos a Toledo era ya de noche; yo he estado en esta ciudad muchas veces y tengo ya tal costumbre de venir, que apenas encuentro diferencia entre esta tierra y la mía.
Mas, para que así no sucediese en este viaje, la estación, o mejor dicho, la puerta donde se agolpan los coches para llevar los viajeros al centro de Toledo, me enseñó que había estado lejos de aquí, haciéndome notar la ausencia del más afamado de los cocheros y empresarios de coches de Toledo, Güiso, que así se llamaba.
Era Güiso lo que se dice un verdadero tipo. No conocía otro idioma que el castellano, y sin embargo, ¡qué modo de entender y hacerse entender a los extranjeros! Apenas llegaba uno que no le llevara a Zococover y después a la Fábrica. Pero esta habilidad le proporcionó pasar un mal rato con un extranjero de los que guiaba.
Iba por la Vega baja una tarde llevando en su jardinera dos franceses, cuando la mala suerte hizo que se encontrase con un carretero amigo: le preguntó dónde iba, y Güiso, confiado en que los franceses no pueden hablar y entender el español, le contestó con mucha naturalidad: “A llevar estos alifantes a la Fábrica”. Su desencanto fue horrible cuando sacando la cabeza uno de los extranjeros le dijo: “Cochero, el elefante es usted”, acompañando esta frase con una verdadera trompada.

V. Fernández Cuesta. “Cartas de Toledo” (artículo en La Ilustración Nacional. 30 de octubre de 1887)

 
La Ilustración. 11 agosto 1849



 El Museo Universal. 1 y 8 febrero 1863

El reloj de arena de España

Todavía antes de retornar a Madrid, desde un altozano, echo una mirada sobre el panorama de la ciudad. Involuntariamente, suprimo las pobres esmeraldas de unos cuantos huertos y algunos olivares cuyo verdor no sabría decir si es menguado por la distancia o por el polvo secular. Veo, en cambio, cúpulas, campanarios, torres de iglesias y cruces de conventos por doquier. Creo que, en proporción, ninguna otra ciudad del mundo los contiene en tal abundancia.
Y ratifico: Toledo es el reloj de arena de España que, implacablemente, siglo tras siglo, hora tras hora, minuto tras minuto, gota tras gota, destila sus místicos óleos sobre este mundo delirante y corrompido. Es natural que acabe perforando la piedra y el más duro corazón y los transforme en vados de idéntica ternura, colmados por las dulces y todopoderosas fragancias de Dios.


Félix del Valle y Mendoza. Toledo (1943)