Con menos difícil paso
y remotos horizontes
hoy tiene el Tajo en sus montes
las deidades del Parnaso:
la lira de Garcilaso,
junto a su cristal luciente
halló de un laurel pendiente,
Tirso, y esta letra escrita:
Fénix en tí resucita,
canta y corona tu frente.
Digno fue de su decoro
el ingenio celestial
que canta con plecto igual,
tan grave, dulce y sonoro:
ya con sus arenas de oro
compiten lirios y flores.
Para guirnaldas mayores
a quien con milagros tales,
los ásperos cigarrales
convierte en selvas de amores.

Tirso de Molina. Cigarrales de Toledo (1621)







 
 

Dulce jardín de Dios

Rica Iglesia la prima, y la Primada, 
la grande, la excelente, y Victoriosa, 
en quien la madre de Jesús gloriosa 
tiene cátedra y silla señalada. 

Escuela de Doctores ilustrada, 
casa Real do el mismo Dios reposa, 
arca de cuerpos santos misteriosa, 
bello Jardín de Dios, Huerta cerrada. 

En ti Dios nos descubre su grandeza, 
los cielos dando vueltas a porfía 
te dan la luz, que el orbe suyo encierra. 

Oh Iglesia Santa de inmortal belleza, 
dulce Jardín de Dios, en quien se cría 
el regalo y el gozo de la tierra. 
 
Baltasar Porreño. A la Sacrosanta Iglesia de Toledo, madre y primada de las Españas (1604) 
 

 
















  

Inverosímil equilibrio

Paseo por los cigarrales. Lo que puede suscitar en El Greco la extraña partenogénesis que en él se manifiesta, tal manera de engendrar formas indefinidas, es, primordialmente, el aspecto de Toledo, donde nunca se llegan a alcanzar los límites de la roca, del suelo o de los edificios; donde cada cosa se refleja y encarna en las demás. Ciudad sin rúa exacta, que parece una frágil victoria sobre la tierra y la piedra; urbe que trepa y desciende en torbellinos. Si es que acaso existe un "secreto de Toledo" que, en el plano de la plástica, El Greco haya adivinado, es éste de la comunión de las formas humanas con la naturaleza, el de una natural y sobrehumana reversibilidad. Los borriquillos mismos que pacen en la roca, no se distinguen apenas de ella; y la ciudad, colocada sobre pendientes que se derrumban, no subsiste en la cima de su árido acantilado sino en virtud de un inverosímil equilibrio.

Rene Schwob. Profondeurs de l'Espagne (1920)















Tren que pasa

Hay turistas para quienes la obra del Greco, los mantos verdes y amarillos de sus apóstoles, su casa, su cocina, su vajilla, su jardín, no les interesa mayormente. ¿Qué les importa la catedral primada de Toledo con sus cinco puertas, su siete siglos, sus frescos claustrales, su coro de plata y su encantada capilla mozárabe?... ¿Qué les interesa el Alcázar de Carlos V, todo de piedra y su egregio artesonado?... Ya puede desaparecer en el día para ellos, el célebre castillo de San Servando, al otro lado del Tajo. Ya pueden desaparecer también los sepulcros de héroes y cardenales, la Fábrica de Armas de Toledo, ¿qué les importa a esos turistas? (...)
Pues bien, esto es lo que interesa a ciertos turistas: la actualidad de Toledo y no su historia. La historia de Toledo carece para ellos de importancia. Quieren, más bien, sumergirse en el otro aspecto de Toledo, en su vida del instante, en su actualidad viajera que, a la postre, es la refundición y cristalización esencial de aquella historia. La historia, que es tren parado en una estación y boleto de arribo de ese tren, no viene bien a ciertas gentes. Quieren el tren que pasa y no el que llega. 

César Vallejo. El secreto de Toledo (1926) 












Zocodover bullanguero

Zocodover bullanguero
plantel de la picardía,
el de la franca alegría
y el del aire pendenciero.
Zocodover, reunión
de soldados y beatas,
el de las febles bravatas
y el capitán fanfarrón.
El de arrieros quisquillosos
y mozuelas atrevidas
el de miradas vendidas
a los truanes graciosos.
Mirador de los virotes,
mercado de los judíos,
palacio de galeotes,
y lugar de desafíos.
Zocodover bullanguero,
castizo Zocodover,
bajo el sol siempre has de ser
el del semblante altanero.
El que mira confiado
debajo del soportal,
la roja capa triunfal
del hidalgo enamorado.
El del viejo mercader 
que en su oscuro tenderete, 
ofrece, pide y promete
por ver si puede vender.
El que ha visto desfilar
por él, los tercios marciales
el de las bellas juncales
que matan con el mirar.
El de apuestas, amoríos
y leyendas caprichosas, 
el de las viejas curiosas 
y nocturnos desafíos.
Zocodover bullanguero,
el de los motes gentiles,
el de trompas y añafiles
y el del Cristo milagrero.
Zocodover, alegría,
Zocodover, desafíos,
Zocodover, amoríos
y plantel de picardía.
Por tu sonrisa has de ser
a la vez mora y cristiana,
y por tu luz castellana, 
inmortal: ¡Zocodover!

Vicente Mena Pérez. "El justo juez" (1925)