Las Claverías

"Atravesaron la galería cubierta del arco del Arzobispo y entraron en el claustro alto, llamado Las Claverías: cuatro pórticos iguales en longitud a los del claustro bajo, pero desnudos de toda decoración y con un aspecto mísero.(...) El claustro, con sus pórticos bajos, ofrecía el aspecto de cuatro calles, cada una de las cuales sólo tenía una fila de casas. Enfrente estaba la chata columnata sobre cuyas barandillas asomaban sus copas puntiagudas los cipreses del jardín. Por encima del tejado del claustro veíanse las ventanas de la segunda fila de habitaciones, pues casi todas las casas de las Claverías tenías dos pisos.
Era un pueblo que vivía sobre la catedral al nivel de los tejados, y al llegar la noche y cerrarse la escalera de la torre quedaba aislado de la ciudad. La tribu semieclesiástica se procreaba y moría en el corazón de Toledo, sin bajar a sus calles, adherida por tradicional instinto a aquella montaña de piedra blanca y calada, cuyos arcos la servían de refugio. Vivía saturada del olor a incienso y respiraba el perfume especial de moho y hierro viejo de las catedrales, sin más horizonte que las ojivas de enfrente o el campanario, que aplastaba con su mole un pedazo del cielo que se veía desde el claustro alto."

Vicente Blasco Ibáñez. "La catedral" (1903)

















Patios (I)

"El patio compensaba, con ventaja para la higiene, a la angustia de la calle estrecha y poco urbanizada, ya que la población tiene de todo menos urbanismo. Eran, pues, volúmenes de aire que al desaparecer los patios no encuentran compensación con calles, parques ni jardines. Las casas eran viviendas de una familia que tenía un hábitat completo y que, al hacerse de pisos, se convierten en colmenas. La pérdida de los patios la creemos un retraso en la habitabilidad de Toledo, sin compensación alguna. Representa, pues, la última fase de un proceso de senilidad de una urbe que volvió la vista atrás ante los problemas urbanísticos y que protesta sin saber, a veces, qué es lo que quiere. El día que se logre totalmente la desaparición de los patios tendremos un conjunto de casas anodinas alineadas en un plexo de calles de una traza de tipo celtíbero. Se perderá la contribución individual que cada casa daba al espacio libre, sin lograrse más que el hacinar a la población en un ámbito inadecuado para lo moderno.

Guillermo Téllez. "La casa toledana" (1978)

 









Desde el Valle

"Es también muy concurrido este lugar porque el cerro inmediato, que domina todos aquellos contornos, suele ser escogido para comidas y meriendas campestres en días de esparcimiento para las familias. Llaman a este elevado pico la Peña del Rey moro, porque es tradición que uno de los caudillos sarracenos que en los primeros años después de reconquistar D. Alonso VI a Toledo vinieron a ver si podían tomarla de nuevo, parece que contemplando desde este sitio la hermosa perspectiva que ofrece la ciudad, dijo y juró no se partiría de allí sin apoderarse de ella o morir en la demanda; y habiendo sucedido esto último, se supone fue enterrado en la concavidad de una peña aislada que está allí socavada en efecto artificialmente a manera de sepultura, aunque no sabemos qué destino haya podido tener, pues la piedra no ha sido nunca movida de aquel agreste sitio: aun hay la coincidencia de que otros dos grandes cantos de bastante diámetro y enorme peso, que se encuentran por algún movimiento natural de terremoto u otra causa ignorada colocados el uno sobre el otro sin liga ninguna, semejan, mirados a cierta distancia y en determinada dirección, la cabeza de un moro ceñida de su turbante."
                                     
Sixto Ramón Parro. "Toledo en la mano" (1857)