Alucinante

Toledo es alucinante por su poder de evocación. Bajo sus arcos poblados de resonancias se experimenta el vértigo, como antes los abismos y las deducciones de la teología. Estas piedras viejas tienen para mí el poder maravilloso del cáñamo índico, cuando dándome la ilusión de que la vida es un espejo que pasamos a lo largo del camino, me muestra en un instante los rostros entrevistos de muchos años. Toledo tiene ese poder místico. Alza las losas de los sepulcros y hace desfilar los fantasmas en una sucesión más angustiosa que la vida.

Valle Inclán. La lámpara maravillosa. (1916)













Alcázar, sueño imposible

Ahora que tanto se habla de turismo, ninfa mía, se me ocurre que Toledo debiera ser uno de los lugares de la Tierra más frecuentados de viajeros y artistas (...) ¡Qué fabuloso número de extranjeros atraería Toledo si el Alcázar fuera convertido en hotel! Esto es un sueño, esto es imposible, pero a mi me gusta lanzarme a la región de las bellas hipótesis. Yo me imagino las salas, las bellas crujías y las grandiosas escaleras de aquel inmenso edificio invadidas por un gentío procedente de todas las partes del mundo. Decía Carlos V que no se sentía emperador sino cuando subía por aquellas escaleras, tan grandes como una catedral. El patio es de suprema elegancia; en el centro se ha colocado, no ha mucho, la estatua de Carlos V, vestido a la romana, encadenando la Herejía. Es obra de Pompeyo Leone.

Benito Pérez Galdós. Memorias de un desmemoriado (1915)








Riente y dulce

Excedió Toledo a cuanto se narró de ella –es ciudad de aspecto riente y dulce—Dios la embelleció rodeando su contorno con el río Tajo y ramos de estrellas.

Ismael Imad ab-Din-Al Ayubi (Abulfeda) . Takaim al boldan (siglo XIII)






 




Calles (II)

Las calles oscuras, montuosas, están bordeadas por casas altas y macizas de aspecto triste y severo, fuertes como castillos, abiertas por algunas escasas ventanas protegidas por rejas formidables: las entradas anchas están flanqueadas por columnas de granito y coronadas por escudos esculpidos en la piedra; las hojas de las pesadas puertas de roble se encuentran historiadas con enormes clavos de hierro forjado de cabeza de diamante.

Eugene Poitou. Souvenirs d'Espagne. 1869



















Acueducto romano

Poco más adelante se encuentran vestigios de un antiguo acueducto que venía por los montes del lado de allá del río, los cuales son más altos que la ciudad, de suerte que no era sólo acueducto, sino también puente. En aquella parte del camino se ven, durante algunas millas, trozos de los canales por donde venía el agua, y en la manera de la fábrica se conoce que son antiguos.

Andrea Navagiero. Viaje por España. 1563