Patios (II)


Subimos la roca sobre la que está construida Toledo. A veces nuestro coche rozaba las casas situadas a ambos lados, alcanzando a sus innumerables balcones y sus ruedas los profundos surcos marcados en sus viejas fachadas.
El coche entró finalmente en el patio del hotel y nos dejó ante el comedor. Por patios se entienden estas encantadoras estancias situadas en el centro de toda casa confortable del sur de España. Estos patios sirven de salón; están pavimentados con mármol blanco, regados por fuentes, plantados de naranjos, adornados con flores, cuadros, pianos; allí se pasan horas deliciosas y se disfruta de un frescor que no se encuentra en otra parte.

 GERARD VAN CALOENMás allá de las montañas. Viaje a España. 1881 

















El milagro de la sangre

Durante los crepúsculos vespertinos, si el cielo está sin nubes, la cintura terrena de Toledo repite el milagro de la sangre fluescente. Reanimada por la jornada solar, liquefacta por el calor acumulado, la sangre de los guerreros muertos en las guerras milenarias alrededor de la ciudad asciende por secretas venas a la superficie. Por eso vemos la gleba bajo los olivos y las barrancadas que araña el Tajo teñirse de un rojo cruento cuando el sol occiduo sucumbe. ¡Toledo se sonroja toda de placer y de vanidad, como las mejillas de una zona por quien los hombres pelean y caen ensangrentados! (No se ha inventado todavía licor más eficaz que la sangre para dedicar los brindis esenciales).

 JOSÉ ORTEGA Y GASSET. Teoría de Andalucía y otros ensayos. 1927 









Piedras

Toledo es la historia de España petrificada, la vida del arte hecha piedra. Debiera encerrarse en un estuche y no mudarse un solo sillar. Esas piedras envisten un alma que les da vida y esa alma es el alma española. El hombre moderno, que no entiende de arte ni de historia, no penetrará el vivir mudo, pero bullente, de estas piedras friamente cálidas, que le miran y que miran con mirada de siglos a los cadetes que remanecen por estas calles una mañana y se van tras unos cursos de Colegio, mientras ellas duran burlándose de cursos, años y siglos que pasan.


  JULIO CEJADOR Y FRAUCA. Tierra y alma española (1928)  


















Casa del Greco

Luego subimos más por la ciudad hasta la casa del Greco, aún conservada con su jardín en declive; una pequeña villa íntima, bella y enmarañada (...) Dentro estaban los cuadros: colores que yo nunca había visto, morados supurantes, verdes lima, amarillos amargos; los cráneos alargados de los santos y sus párpados hundidos, los ojos revestidos de abnegaciones extasiadas, miembros y rostros estirados hacia arriba como capiteles en ascenso, ropas parpadeantes igual que llamas afiladas. Comparadas con las pinturas de carnes robustas que había visto en Madrid, aquellas parecían reducidas al hueso enfebrecido.

  LAURIE LEE. Díptico español (1934)