Producidor del gran tesoro

Tajo, producidor del gran tesoro
(si a la fama creemos), cuya arena
de zafiros y perlas está llena,
tus aguas néctar, tus arenas oro;

tú pues, acrecentado con mi lloro,
serás testigo de mi amada pena,
como sujeto a lo que amor ordena,
buscando vida, a quien me mata adoro.

Cuando mi pastorcilla en tu ribera
busca las conchas que creciendo arrojas,
y con su blanco pie tu orilla toca,

el bien que gozas, agua lisonjera
(que al fin lo has de besar, pues que lo mojas),
lo usurpas al oficio de mi boca.


   BARTOLOMÉ LEONARDO DE ARGENSOLA  (1562- 1631)  Soneto  
















Correría

Después de una correría larga, desesperada, en que se iban sucediendo a ambos lados tapias bajas blanqueadas, caserones grandes, oscuros, con los portales iluminados por una luz de la escalera, puertas claveteadas, grandes escudos, balcones y ventanas floridas, el hombre se dirigió a una casa blanca que había a la derecha.

   PÍO BAROJA  “Camino de perfección”  (1902)  


















Tajo innavegable

Toledo que duerme —no sé si sueña— encaramado en los rocosos y escarpados arribes del Tajo que se lanza desde las sierras que lo regozan en la meseta de Castilla la Nueva (…) Fue la reconquista ibérica, la coronada en Toledo, la que permitió abrir el ciclo maravilloso de los grandes descubrimientos con que españoles y portugueses ensancharon el mundo. Más aún que materialmente o geográficamente, lo ensancharon espiritualmente. Cambió la concepción del mundo. Y todo esto meditaba yo sobre el Tejo de Lisboa recordando el Tajo innavegable de Toledo y soñando en él.

  MIGUEL DE UNAMUNO   Lisboa y Toledo (1935) 
















Iglesias de monjas



Las iglesias de los conventos de monjas le ofrecían singular encanto, y siempre que abiertas las hallaba, a primera hora, se metía dentro. De este modo multitud de misas pasaban por delante de sus ojos todas las mañanas. Comúnmente, una sola persona o dos cuando más, fuera del cura y monaguillo, se veían en el templo, alguna vieja que entraba rezando entre dientes, algún anciano catarroso con trazas de mendigo. Lo que más le enamoraba era el sentimiento de reposo, de convalecencia, de tranquilidad interior que aquellos recintos monjiles tenían en sí. El fresco matinal resultaba placentero en aquella cavidad hospitalaria, en la dureza del banco lustrado por el tiempo, o de rodillas sobre el ruedo de esparto. Y de tal modo le iban gustando las iglesias de monjas, que vista una quiso verlas todas, y poco a poco, esta quiero, esta no quiero, visitó Santo Domingo el Antiguo, las Capuchinas, Santo Domingo el Real, las Claras, San Clemente, San Pablo, etc., y allí permanecía hasta que le echaba el sacristán.

   BENITO PÉREZ GALDÓS   Ángel Guerra   (1894)