Poesía del color

Bajo el puente de San Martín, el río forma meandros a través de un valle riente. Es un bello cuadro desde las murallas, bajo el antiguo palacio de Wamba, el ancho, plácido río extendiéndose en una gran herradura entre alamedas.
Acostumbraba yo a cruzar el puente en los atardeceres de verano y a pasear río abajo, pasando los Baños de la Cava hasta un viejo molino al borde del agua. Cuando el crepúsculo se acercaba, la ciudad distante en su altura resplandecía como cobre bruñido, hasta que súbitamente el sol se sumergía tras el horizonte. Entonces seguía la media hora más maravillosa del día.
Todo el calor de la luz había desaparecido, el cielo era de un azul acerado, un tanto arrebolado con un rosa delicado, y la ciudad estaba llena de preciosos tintes de madreperla; luego el fresco gris verdoso de los árboles, el viejo molino mostrándose frío y blanco, el río de un apagado y profundo azul y, en primer término, las pálidas ramas de un grupo de abedules. Era la verdadera poesía del color, pero ¡oh!, tan fugaz. Media hora y las estrellas habían comenzado a aparecer, y antes de que hubiera llegado al puente de San Martín ya estaba oscuro.

Stewart Dick El Corazón de España. Impresiones de un artista en Toledo  (1907)




  










La casulla de San Ildefonso

Es Toledo una ciudad que tiene un castillo, y que está situada en un collado que rodea un llano y por su importancia es quizá la segunda ciudad de Castilla; hay en ella un hermosísimo templo en que se guardan muchas reliquias de santos, y es fama que cuando los infieles conquistaron esta ciudad perdonaron o respetaron el templo por su elegancia y belleza; pero la ciudad fue conquistada de los infieles cuando Ildefonso era arzobispo de su iglesia. En otro tiempo, cuando el divino Ildefonso iba a celebrar la fiesta de la Natividad de Cristo, se le apareció la Virgen y le ofreció una casulla para que él solo y no otro dijese misa con ella.

Jorge de Einghen  Manuscrito (1457)











El camino se olvida

Vemos, por fin, un grupo de casas construidas sobre una colina. Una magnífica aguja de piedra nos indica la ciudad y poco tiempo después pasamos el Tajo y hacemos nuestra entrada triunfal en Toledo.
Es cierto que ha sido un largo viaje, a pesar de no haber superado las doce leguas. Pero la fatiga no mide distancias. Por fortuna será ampliamente compensada. El camino se olvida enseguida. Vamos a visitar una de las ciudades más originales de España, tan llena de color y carácter histórico. Entramos en una especie de museo, donde las calles, las plazas, los monumentos, las casas, todo, ha conservado la huella de la Edad Media. En este lugar va a ser fácil entender los detalles de las costumbres españolas y el color local del verdadero drama llamado historia. ¡Qué importa la fatiga! El aspecto general de la ciudad es suficiente para hacerla triunfar. Esta silueta que se dibuja sobre un cielo puro, atrae nuestras miradas y no dudamos de tantas cosas bellas como veremos en detalle.

Augustin Challamel / Un verano en España (1843)
















Una ciudad aparte

Me apresuro a añadir que no se necesita mucho tiempo para hacer la visita, pero también debo decir que nos podemos quedar sin haberlo visto todo, porque haría falta recorrer todas las calles, pararse frente a casi todas las casas y disfrutar de todas las magníficas esculturas generalmente cubiertas, por desgracia, por una quíntuple capa de cal. Ahí están los balcones de hierro forjado, muy bien trabajado, enormes puertas con martillos hermosos, clavos gigantes que son llamados, con razón, de media naranja, escudos en todas las paredes, fachadas ennegrecidas por el tiempo, palacios transformados en establos. Es muy difícil dar una idea de Toledo: es una ciudad aparte, como Venecia, Siena o Nuremberg. No hay término de comparación.


Gabriel de Saint-Victor España : Recuerdos e impresiones de viaje  (1889)