Piedra helada

Esas santas catedrales,
cuyos pardos capiteles,
cuyos pintados cristales,
cuya bóveda ojival,
cuyo color ceniciento,
cuyo silencio solemne,
cobijan por pavimento
una losa sepulcral.
Sobre ella los vivos cantan,
a par de ruidosa orquesta,
cantares que se levantan
hasta los pies del Señor:
Sobre ella flota el perfume
que la atmósfera embalsama,
y en oblación se consume
oro y mirra al Criador.
Sobre ella en noche lluviosa,
al bramar del viento bravo,
armonía misteriosa
en el templo se hace oír.
Es un cántico tremendo,
ronco, vago, agonizante,
una voz que está pidiendo
por los que van a morir.
Es la voz del himno santo,
del terrible Miserere,
cuyo monótono canto
miedo infunde al corazón:
Y en la bóveda rodando,
saliendo al aire flotante,
al mundo va predicando
una santa religión.
Y bajo la piedra helada,
de los hombres que murieron
se oye la voz apagada
el triste salmo decir:
y la campana sonora
remedándola en el aire,
con la voz de alguna hora
la hace en el aire morir.

José Zorrilla. Toledo (1837)


















Zocodover (II)


Zocodover duerme todavía a esta hora temprana, envolviendo entre penumbras la lenta agonía de su traza herreriana. Tras la cortina de sombras, que la luz del amanecer va descorriendo, se adivina la pelea heroica de la reja agarena y el viejo balcón señorial con el mirador burgués, de moderno empaque. Por su parte, los “autos” Ford rejuvenecen el ceño milenario de los clásicos porches. En todos los rincones luchan a la desesperada el gris acerado de la piedra plateresca, carcomida y sucia, frente al heresiarca revoco de las comerciales fachadas. Zocodover, a la luz del sol, se horteriza prosaicamente; apenas le queda un rastro de ilusión literaria. Sólo encima del arco mudéjar de la Sangre lucen aún, con parpadeo funerario, las velas del Santo Cristo. Al partir para nuestro alegre viaje, estos cirios, con su gesto temblón de adiós, resumen toda la hondura teológica de las grandes despedidas.


Félix Urabayen  Estampas toledanas en “El Sol”  (19 junio 1925)











Ciudad levantada en el aire

El sol resplandece: ante nosotros se presenta una ciudad antigua, una de esas ciudades que llevan escritos sus títulos de nobleza a lo largo de sus murallas almenadas y de sus castillos desmantelados, una de esas reinas que se asientan sobre las siete colinas sacramentales, y que levanta al cielo sus torres, sus fortalezas, sus defensas medio arruinadas, destacando en el horizonte su extraño perfil, cruelmente desgarrado por el tiempo.
El Tajo la rodea también: no se comunica con tierra más que por un istmo, cuya suave pendiente va a buscar las campiñas teñidas de un verde dorado. Al llegar no se descubre ni el curso entero del río, ni el anillo que rodea la península, ni las escarpaduras por las cuales toma aquel su camino; pero no sé qué transparencias hacen comprender que la ciudad está levantada en el aire.
Tiene tintas cálidas de lo que ha vivido muchos siglos. Sus alcázares, que han sido pretorios de los reyes godos y palacios de los califas, levantan en las bajas praderas o en las elevadas colinas sus restos, que nos hablan de glorias desvanecidas, mientras que el palacio de Carlos V destaca sobre el azul del cielo su enorme mole cuadrada, cuya pesadez lo aplasta todo.

Valerie de Gasparin   Paseo por España  (1875)














Sólo el Tajo quedó

Toledo está situada sobre una escarpada colina casi totalmente rodeada por el Tajo, y está cercada por una muralla flanqueada con cerca de ciento cincuenta torretas, construidas por los árabes. Este río nace en los montes de Albarracín, que quedan por encima de la ciudad de Cuenca, a unas cuarenta leguas al sudeste de Toledo, y tras un recorrido de ciento veinte leguas, vierte sus aguas en el Atlántico, una legua después de Lisboa. Un autor español, al hablar de la ya desaparecida grandeza de esta ciudad, dice que su mayor esplendor hoy en día se lo debe al río, y cita las siguientes líneas de un poema de Quevedo sobre Roma, sólo que cambiando el Tíber por el Tajo.
             Sólo el Tajo quedó, cuya corriente
             si ciudad la regó, ya sepultado
             la mira con confuso son doliente.

Richard Twiss   Viaje por España  (1773)













Nido de águilas

Desde allí se descubre un cuadro encantador.
La poética ermita de Nuestra Señora del Valle, enclavada en medio de una erizada sierra en el mismo punto donde existía antes de la conquista el monasterio de San Pedro y San Feliz, aseméjase a un nido de águilas colgado de la roca que la sostiene sobre el insondable precipicio que se abre a sus pies.
La piedra del rey moro, gigante inmenso de granito que alza su cabeza desafiando el curso de las nubes, extiende allí su manto de rocas hasta una distancia infinita, protegiendo con él a la ciudad que duerme a su abrigo.

Impresiones de un viaje a Toledo. Publicado en El Museo Universal (1 marzo 1863)