Fantasmas del pasado




Un volumen no bastaría para describir esta bella ciudad. Sus murallas, sus calles, sus palacios y sus templos están de tal manera vinculados a nombres y recuerdos que al deambular por aquellos laberintos, todo se puebla de fantasmas del pasado. Las leyendas revolotean por allí como fuegos fatuos en un cementerio. Por detrás de las recortadas almenas de las torres parece que todavía nos acechan las legiones de los moros, y por encima de los viejos puentes se figura vagamente al espíritu, lleno de romances toledanos, que continúan las cabalgadas como en los buenos tiempos de Sancho y de Padilla, en los días de fiesta o de batalla.
Pero todo eso ha desaparecido. La fría realidad destruye el romanticismo. Ni en los ladrillos de los tortuosos callejones de Toledo, ni  en las piedras de sus puentes monumentales, resuena ya el tropel de caballeros, galopando, como antaño, en ágiles caballos de la famosa raza Nedji. Bajo el hermoso cielo azul, tampoco relucen las armaduras y los pulidos arneses de los guerreros.
Anselmo de Andrade. Viagem na Espanha (1923)










 

El primer Macdonald


Mucho antes de que la célebre multinacional de la comida rápida instalase sus reales en Zocodover, los toledanos ya recibieron la visita de un Macdonald, esta vez de carne y hueso, personificado en uno de los viajeros más desconocidos que por la ciudad han pasado, y con una biografía más apasionante, propia de una película de aventuras.
Se llamó John Macdonald y nació en 1741, hijo de un granjero escocés. Huérfano desde muy niño, él y sus hermanos hubieron de sobrevivir por sus propios medios. Con tan sólo cinco años, el pequeño John se ganaba el sustento como mecedor de cunas de bebés, trabajo del que fue despedido para pasar a ejercer a continuación el terrible empleo de "chiquillo de girar", encargado de dar vueltas a los espetones de los asados en las cocinas de los grandes potentados, sufriendo las consecuencias del enorme calor desprendido por las brasas.
La biografía de John Macdonald fue escrita por él mismo y publicada en 1790 bajo el título "Memorias de un lacayo del siglo XVIII", pues a tal cometido se dedicó desde los diecinueve años trabajando para varios hombres de negocios, con uno de los cuales viajó a España en los años 1770 y visitó varias ciudades, entre ellas Toledo.
Pocos años después, estando al servicio de un comerciante de vinos, regresó a nuestra ciudad y aquí se produjo el reencuentro con una joven llamada Malilia, con la que había vivido una aventura amorosa en su primer viaje, a consecuencia de la cual había nacido un hijo al que todos conocían como "el pequeño inglés".
En contra de la actitud observada en ocasiones similares, que se habían producido antes en otros lugares, esta vez John Macdonald decidió reconocer al niño y dar promesa de matrimonio a Malilia, de modo que dispuso todo para el traslado de la familia a Londres. No obstante, al regresar a la capital inglesa tras su viaje con el comerciante a quien servía, encontró una carta de Malilia en la que ésta le rogaba que regresase a Toledo pues ella, que era hija única, no deseaba abandonar a sus padres. Y así lo hizo Macdonald, dispuesto quizá a asentar la cabeza de una vez por todas; pero sus memorias, que no han sido publicadas en España, no nos revelan qué fue de su vida a partir de entonces.


Como roca y sobre roca



Toledo no ha sido levantada de una vez por académicos interesados en satisfacer un súbito capricho real, sino que fue construida como una roca y sobre una roca. A semejanza de Roma, se levanta sobre siete colinas y está a unos 2.400 pies por encima del nivel del mar. El Tajo, que parece hervir al pasar por la hendedura o Tajo de la montaña, la rodea, ciñéndola, dejando solamente una vía de acceso por el lado de tierra, que está defendida por torres y murallas moras. Dentro de la ciudad, las calles, o más bien callejas, son empinadas y tortuosas, pero esto mismo las hace fáciles de defender en caso de ataque y, al mismo piempo, frescas en verano. Algunas, ciertamente, son tan estrechas que el sol no puede penetrar en ellas, mientras que, mirando hacia arriba, apenas se ve otra cosa que una tira de cielo azul (...) La aguja de callejear es aquí de difícil aprendizaje, porque de estas serpenteantes callejas, tan irregulares y súbitas como guerrilleros, ninguna va de manera paralela o derecha, sino, por el contrario, dando vueltas como mejor les parece, llegando a las conclusiones más ilógicas.

Richard Ford. Manual para viajeros por España y lectores en casa (1844)