Cada hora, un fantasma



Toledo sólo tiene evocaciones literarias, y es tan angustioso para los ojos como lleno de encanto para la memoria. En nuestras creaciones bellas y mortales, las imágenes del mundo nunca están como los ojos las aprenden, sino como adecuaciones al recuerdo. En el recuerdo todas las cosas aparecen quietas y fuera del momento, centros en círculos de sombra. El recuerdo da a las imágenes la intensidad y la definición de unidades, al modo de una visión cíclica.  (…)

Toledo es en todos sus momentos la calavera que ríe con tres dientes sobre el infolio de un anacoreta, y dice que todo es polvo. La ciudad castellana, evocadora como una crónica, sabe de reyes y reinas, de abades y condes, de frailes inquisidores y de judíos mercaderes. En Toledo cada hora arrastró un fantasma distinto.

Valle Inclán. La lámpara maravillosa (1916)













La singular aventura de Don Jorgito el Inglés


Un amigo le había aconsejado la abogacía como “la mejor carrera para quienes no piensan ejercer ninguna”, pero al inglés George Borrow (1803-1881) el destino le tenía preparada una vida ciertamente singular al servicio de una causa imposible: la difusión de la Biblia protestante en España, en plena guerra carlista y cuando apenas hacía un año que se había abolido la Inquisición.
Comisionado por la Sociedad Bíblica Británica, Borrow realiza un periplo por nuestro país entre los años 1835 y 1840. Tras logar abrir una tienda en Madrid, comienza a vender la edición de la Biblia que ha impreso en castellano, desprovista de notas y sin aprobación de las autoridades eclesiásticas católicas, lo que de inmediato le convierte en un peligroso enemigo de la fe para el clero y en un tipo popular para los madrileños que, con su natural gracejo castizo, pronto le apodan "Don Jorgito el Inglés".
En su labor proselitista, que le lleva a ser encarcelado varias veces, Borrow recala en Toledo donde entrega cien ejemplares al mejor librero de la ciudad, el cual se declara ferviente liberal y promete darles difusión con el mayor entusiasmo. No obstante, las trabas que Borrow va encontrando en el ejercicio de su misión son numerosas, por lo que decide pedir audiencia al arzobispo de Toledo (en aquel tiempo monseñor Juan José Bonel y Orbe) con quien mantiene una entrevista de lo más frustrante, pues el prelado se muestra totalmente indiferente a su petición de interceder ante el gobierno para que le deje ejercer su labor, y ambos terminan hablando de joyas y de caballos.
Pero “Don Jorgito” no se da por vencido y cuando los ejemplares que ha ido distribuyendo por diversas poblaciones son secuestrados por las autoridades, decide emprender personalmente la labor de difusión y, a lomos de una caballería, se dirige a Villaseca, que convierte en centro de las operaciones que desarrolla, con gran éxito, por toda la comarca de la Sagra, sobre todo en Bargas, Cobeja, Mocejón, Villaluenga y Yuncler, además de la propia Villaseca. Ello le anima a continuar y así se traslada a Aranjuez y luego a Ocaña pero, antes de entrar en esta última, recibe aviso de que no lo haga porque le están esperando para apresarle y enviarle a Toledo por orden del corregidor de la capital. Lejos de amilanarse, continuará luego sus andanzas por Andalucía.
La singular experiencia de Borrow fue relatada por él mismo en un delicioso libro titulado “La Biblia en España”, escrito como una novela de aventuras, cuya primera edición se publicó en Londres en 1843 y que alcanzó un extraordinario éxito hasta el punto de que ese mismo año se agotaron seis ediciones en Inglaterra y dos en Estados Unidos, siendo inmediatamente traducido al alemán, al francés y al ruso.  
La primera traducción al español la hizo, a comienzos de los años veinte del pasado siglo, el que luego sería presidente de la Segunda República, Manuel Azaña, aunque el libro no pudo publicarse de nuevo en nuestro país hasta la llegada de la democracia, a finales de los años setenta.



Ninfas del Tajo


¿No ves en los cristales, vuelta en hielo
 una ninfa del Tajo, que porfía
 hacer del agua a todo el cuerpo un velo?

 ¿No ves del dulce Ovidio la poesía
 verdad en las riberas de Toledo,
 como él en las de Arcadia la fingía?


Lope de Vega. Las paces de los reyes y judía de Toledo (1612)














Entrada imponente




La entrada a Toledo por el camino de Madrid es en verdad imponente. Sus torres moriscas, sus, puertas de un tono siena tostado, la mole de su Alcázar y las mil flechas de sus iglesias que se dibujan sobre la cresta y los flancos de una colina de granito bañada en sus tres cuartas partes por el cinturón amarillo del Tajo, atestiguan suficiente la importancia de esta antigua ciudad que fue sucesivamente sede del imperio de los godos, de los árabes y de los reyes de Castilla. Nada más justo y de más ingenio a la vez que la frase de Quevedo ante un panorama tal cuando nombra a Toledo: “una ciudad de puntillas, fabricada sobre un huso”.
 
Roger de Beauvoir. La porte du soleil (1844)

 







 

Ciudad Imperial... ¿En serio?




La de Ciudad Imperial es una de las denominaciones que con más frecuencia se aplican a Toledo y, sin embargo, no podríamos encontrar otra más impropia, pues si algo demostró esta ciudad fue su antiimperialismo al encabezar el alzamiento castellano contra el emperador Carlos I, que ha pasado a la historia como la Guerra de las Comunidades (1520-1522).
La beligerancia de los toledanos fue especialmente notable y, tras la derrota de los comuneros en Villalar y el ajusticiamiento de sus tres principales capitanes: Francisco Maldonado, Juan Bravo y el toledano Juan de Padilla, todas las ciudades castellanas que se habían levantado en armas, firmaron la rendición. Todas, menos Toledo que con María Pacheco, viuda de Padilla, al frente, todavía continuó luchando varios meses hasta que las tropas imperiales terminaron sofocando a los sediciosos.
La ciudad hubo de pagar alto precio por ello y una de las consecuencias fue la decisión de Carlos I de hacer construir la Puerta de Bisagra como "arco triunfal" de entrada a Toledo y colocar en su frontispicio el inmenso escudo con el águila bicéfala. Hoy este monumento es motivo de admiración para propios y extraños, ajenos todos a lo que, durante mucho tiempo, tuvo de afrenta para los toledanos aquel símbolo imperial contra el que derramaron su sangre y bajo el cual se veían en la humillación de pasar cada vez que entraban o salían del recinto amurallado por su puerta principal.