Dos mundos abrazados

Antes de decir adiós a España, estoy pensando: ¿cuál de sus imágenes dejó las huellas, las más profundas, en mi memoria? Creo que no es fácil contestar a esta pregunta. Me enamoré de Salamanca. Pero creo que si un visitante por España hubiera dispuesto de un solo día libre, debería decidirse por Toledo. Es el escudo simbólico de todo el país, la expresión condensada de su conjunto histórico. Ya te la describí en una de mis cartas, pero ahora siento mucho no haberla podido visitar una vez más. Antes de irme de Madrid suplicaba a los señores Simpson me llevasen en su coche, ya que perdí el tren.
No querían ir: se quejaban del calor, de las moscas y de la falsa coca-cola que consumieron en Toledo.
¡Lástima! ¡Es un espectáculo tan asombroso, Irene! Dos mundos: Occidente y Oriente se abrazaron en un lazo convulsivo de combate a orillas del Tajo, para caer en dos sueños: uno de cansancio y el otro el de la muerte. Este es hondo y majestuoso. Toda la ciudad queda enredada en la tela de araña del ornamento árabe que se extendió por los techos de las iglesias y sinagogas, por los arcos hasta cubrir, con un hilo fino, las pitilleras y puñales de la industria toledana. Y sobre este elemento vencido se alzó la catedral como un caballero de Castilla a quien la cúpula sirviera de casco. El caballero guarda celosamente las reliquias de este mundo bello en su olvido.

Alejandro Rognedov. Cartas de un yanki viajando por España (1951)











Atardecer




Toledo empieza a iluminarse fantásticamente. Por encima del apretado caserío de Covachuelas asoma el Hospital de Afuera como un castillo feudal. En la superficie lustrosa del río se reflejan rígidos los árboles. En sus riberas, que cantaron Cervantes y Garcilaso, croan las ranas. La Huerta del Rey finge un aguafuerte de Rembrandt. Allende el puente de Alcántara se aguzan altaneras las torres del palacio de Carlos V.
En un cielo perlino y sereno, de anaranjadas lejanías, brilla solitaria la estrella de la tarde. De la torre de la catedral caen solemnes nueve campanadas que el eco prolonga por cumbres y valles. El cielo se ha tornado de un azul profundo, casi negro. Del fondo tenebroso de la Huerta surge una luna enorme, alcohólica, de abruptos contornos, muy baja y tan saliente que amenaza desplomarse.

Emilio Bobadilla. Viajando por España. Evocaciones y paisajes (1912)





 




Imágenes al tuntún

La objetividad no ha sido muchas veces virtud que adornase a los viajeros que desde los más remotos tiempos pasaron por nuestra ciudad y nos dejaron testimonio de sus impresiones. El deseo de hacer sus escritos más atractivos para un público cuyo único modo de viajar era por medio de la imaginación motivada por las páginas de los libros, probablemente tuvo mucho que ver en la proliferación de invenciones y excesos. Por similares motivos, cuando en los libros de viajes se incluían ilustraciones, antes de que la fotografía las generalizase, los editores no siempre se mostraban demasiado escrupulosos.
Hoy traemos a colación dos ejemplos de ello, bien distintos y distantes en el tiempo. Uno se refiere a la primera representación gráfica impresa de Toledo de la cual tenemos constancia. Se encuentra incluida en el Libro de las grandezas y cosas memorables de España, escrito por Pedro de Medina e impreso en Alcalá de Henares por Pedro de Robles y Juan de Villanueva, en 1548. Se trata de una sorprendente xilografía (grabado en madera) realizada por alguien que, desde luego, nunca conoció Toledo y que se limita a "retratar" la descripción quizá más repetida por viajeros de todas las épocas: la de una "península" del Tajo formada por un abigarrado caserío. Y tal cual la interpretó el anónimo artista.
Al verla, uno no sabe de qué sorprenderse más: si de la simpleza de su composición o de la ausencia absoluta del más mínimo elemento identificable con la realidad.



El otro ejemplo se justifica todavía menos, pues lo encontramos en la segunda mitad del siglo XIX, cuando ya la fotografía comienza a generalizarse. Corresponde a un grabado (junto a estas líneas) incluido en la edición inglesa del Viaje a España de Hans Christian Andersen, impreso en Londres por Richard Bentley en 1864. Pretendiendo ilustrar una calle de Toledo vemos una escena en donde ni los edificios ni los personajes que en él aparecen, tienen nada que ver ni con Toledo ni con ninguna otra ciudad española, pues más bien parece centroeuropea, tal vez alemana.
Con benevolencia podríamos pensar que se trata de un involuntario error, de no ser porque el resto de los grabados que se incluyen en la misma edición (pocos afortunadamente) siguen la misma pauta. Así, en el que trata de ilustrar Sevilla se ve una ciudad que pobablemente es Bolonia; como Córdoba, otra ciudad quizá rusa o polaca, y para rematar, un monumento árabe que pretende ser Barcelona y que recuerda el patio de los leones de la Alhambra de Granada. Vamos, que no dieron una.

 

Apretada por sí misma

Barrancos en esta Toledo enmurallada, con puertas bajo cuyos arcos se fugó la corriente de la historia. Callejuelas empinadas hasta para llegar a la plaza de Zocodover rodeada de portales. Parece que la catedral maravillosa disputó durante una manifestación humana o en una procesión nutrida, para conquistar su sitio entre el apretujamiento de edificios viejos. Toledo está apretada por sí misma y por el pasado detenido aquí al conjuro de uno de esos milagros árabes (...)
Cuando el bus se detiene bajo la puerta que otrora no se abría a extraños, la arquitectura mudéjar se impone en sus arcos, en sus salientes. Esta sí es una entrada triunfal y cotidiana. Ya estamos en lo antiguamente prohibido. Las calles trepan y se hunden como en perpetuo movimiento. Las callejuelas por donde el vehículo pasa restregando las paredes, nos dan de pronto con un cuadrito de jardín en las narices. ¡En las narices! Por ellas entra la emanación del clavel que aquí he venido a saber que no es andaluz, sino que lo llevó de Túnez Carlos V.

Hernán Robleto. Color y calor de España (1957)
















Visita al preso Juan de Mariana


Especial interés en los relatos de viajes tienen las descripciones, no muy abundantes, de encuentros de los viajeros con personajes importantes de la época por cuanto suponen testimonios directos de indudable valor. Uno de estos es el que nos ha dejado el noble y diplomático polaco, Jacobo Sobieski (1580-1646), uno de cuyos hijos llegó a ser rey de Polonia, que en 1611 viajó a España para hacer el camino de Santiago y, a continuación, un largo periplo por Portugal, Andalucía y Castilla.

De su paso por Toledo dejó unas escuetas anotaciones en su diario cuyo contenido más destacado es el encuentro que mantiene con el célebre padre Juan de Mariana, talaverano, autor de una monumental Historia de España en treinta volúmenes, quien por entonces se encontraba preso en la casa de los Jesuítas, orden a la que pertenecía, ubicada en la que hoy es sede de la Agencia Tributaria. El motivo de este encierro, que daría lugar a un doble juicio, eclesiástico, por parte de la Inquisición, y civil, fueron ciertos comentarios publicados en su libro "Tratado y discurso sobre la moneda de vellón que al presente se labra en Castilla y de algunos desórdenes y abusos", impreso en Colonia en 1609, por los que el duque de Lermna, favorito del rey Felipe III, se sintió atacado personalmente. La sentencia determinó que fueran quemados todos los ejemplares que se estaban distribuyendo por Europa, y la prohibición de su reimpresión si no se corregía debidamente.

 
Sobieski comenta de este modo su encuentro con el padre Mariana, manifestando la admiración que siente por él y dejándonos un breve pero muy significativo retrato de su situación, buena prueba del sufrimiento por el que estaba pasando:

"En el convento de los jesuitas encontré y hablé a Juan de Mariana, cuyos libros, por causa de Ravaillac, asesino del rey Enrique IV, quemaban en Francia. Mariana estuvo preso en la cárcel de los jesuitas de Toledo por su obra sobre la moneda, en que parece censuró al mismo rey, o a un magistrado español; fue un grande e ilustre varón; escribió una Historia de España y muchas otras obras. Le permitieron salir a verme; en su cara se pintaba el sufrimiento de su prisión, con marcas de una profunda aflicción; pálido, amarillo, hinchado, con pocas canas, a pesar de sus más de sesenta años de edad, apareció delante de mí".

 


No puede ser contado



Después de la catedral, que no podría describir en todo un volumen, está San Juan de los Reyes, ese jardín de piedra; está el Alcázar, montaña ahuecada para elevar otra montaña sobre ella; están las mezquitas, las sinagogas, los palacios, las mismas casas de la ciudad, recargadas de preciosidades artísticas, recuerdo de tantas generaciones poderosas… Debo concluir: debo renunciar a dar una idea de qué he sentido y pensado en Toledo: debo aconsejar nuevamente a todo el que me lea, que vaya, que mire y comprenda que Toledo no puede ser descrito ni contado.



Pedro Antonio de Alarcón. “Toledo” (Artículo en El Museo Universal). 30 de junio de 1858













El encuentro de Manet con el Greco



El 4 de septiembre de 1866, el gran pintor francés Èdouard Manet visitó Toledo con el propósito principal de conocer las obras del Greco conservadas en la ciudad. Un día antes había escrito un carta a su amigo Henri Fantin-Latour, también pintor, dándole cuenta de esta proyectada visita aunque posteriormente no conocemos ningún escrito suyo sobre la impresión que nuestra ciudad y los cuadros del Greco le produjeron.
Su también colega y crítico de arte Zacharie Astruc, que tan sólo un año antes hizo un largo viaje por nuestro país, le había enviado una extensa carta, de más de veinte páginas,  con toda clase de información sobre ciudades interesantes para ver (entre ellas Toledo), monumentos, horarios para las excursiones desde Madrid, hoteles y fondas en las que podría albergarse, y un sinfín de consideraciones precisas y diversas para no perderse y extraer del viaje el mayor provecho, pues Manet no sabía español.
A Toledo llegó acompañado del crítico Théodore Duret, para ver las obras del Greco que le había indicado Astruc (El Expolio y el Entierro). Las indicaciones que éste le había escrito sobre la ciudad eran precisas:
"En Toledo: Ver toda la ciudad. Sólo la catedral, es una maravilla. En la sacristía está el famoso Greco del que le he hablado y en otra pequeña iglesia otro cuadro de la misma fuerza original.
Subir al alcázar. No deje de ver las dos antiguas sinagogas perfectamente conservadas, las mezquitas, y una casa particular donde se encuentran magníficas salas árabes con espléndidos revestimientos de ladrillo.
Bajar también hasta la orilla del río y recuerde que hay pobres Zacarías buscando ruinas árabes entre difíciles cuestas."
No sabemos si la jornada dió para conocer tanto como su amigo le había sugerido, pero en cualquier caso, de lo que sí tenemos constancia es de que a raiz de esta visita el aprecio de Manet por la obra del Greco fue creciente.