En el camino de la leyenda

Y ya en el camino de la leyenda, me faltaba ver el sitio por donde se pasearon el Rey D. Rodrigo y la célebre Cava, personajes que obsesionaban mi imaginación, merecedores, por su liviandad, de que el venerable Tajo sacase el pecho fuera y les hablase como dice el dulce y sublime poeta que les habló.
Perdido por las callejuelas de Toledo iba yo, cuando me tropecé con un ciudadano, a quien le  pregunté cómo me orientaría para contemplar, aunque fuese desde lejos, el sitio por donde discurrían el Rey godo y la hija del Conde traidor.
Dando mil rodeos, me condujo a un punto eminente, desde el cual descubríase un precioso paisaje, y me dijo:
-¿Ve usted aquel pradillo? Pues por él se paseaba el Rey bribón que perdió a España y la mala hembra que le cautivó con sus hechizos y por eso un cura famoso escribió unos versos que empezaban:
"Golfaba el Rey Rodrigo..."
- No siga usted. Conozco de memoria la poesía del cura -le interrumpí dándole una peseta de propina y volviéndole la espalda, no sin pensar cómo golfarían el Rey D. Rodrigo y la fermosa Cava.
A las pocas horas abandoné Toledo con el propósito de una nueva visita, y sintiéndome como debe sentirse todo buen español que quiera inspirarse en el recuerdo de las pasadas grandezas de su patria.

Joaquín D. Rickard. Correrías por España. Fragmentos de las impresiones de un hispanófilo (1922)














Repeticiones en la irrepetible



Probablemente en más de una ocasión hemos oído, y hasta dicho nosotros mismos, eso de que Toledo es una ciudad irrepetible. Pero si la ciudad en su conjunto es cierto que encuentra difícil parangón, puestos a rizar el rizo podemos contabilizar curiosas repeticiones fáciles de observar entre sus elementos históricos y patrimoniales. Aquí van algunos ejemplos.

Aunque, desde luego, no se trata de copias exactas, sino más bien influencia de una en la otra, comenzamos por traer a colación la célebre custodia de Arfe y la custodia gótica en madera que preside el altar mayor de la catedral y que, al parecer, sirvió de inspiración para la primera. El día del Corpus, una vez finalizada la procesión, ambas pueden ser admiradas, frente a frente, en la incomparable capilla mayor de la catedral y quizá sea el mejor momento de comprobar hasta dónde alzanza su parecido.

Callejeando por la ciudad encontramos un precioso relieve esquinado cuyo motivo principal es una granada que, según la versión más extendida, ha dado nombre a la céntrica calle donde se encuentra. Pero, de ser esto así, una segunda calle de la Granada existiría en Toledo, pues otro relieve del heráldico fruto, aunque de más simple ejecución y que pasa desapercibido para la mayoría de los viandantes que transitan a su lado, se encuentra en la esquina de la que, por alguna buena razón sin duda, esta vez dio en llamarse Cuesta del Pez.

Y ya que estamos callejeando, podemos acercarnos hasta el antiguo y recién rehabilitado Colegio de Infantes, adentrarnos en su cercana calle de San Lorenzo y encontrar de inmediato la fachada de la llamada Casa de Munárriz. Aunque de su estructura original hoy no queda prácticamente nada, la portada en piedra que podemos ver es copia de la que da acceso al espléndido cigarral del Ángel Custodio, que en realidad es la original de aquel edificio, de donde se salvó de la ruina al ser vendida por sus propietarios.

Algo más difícil nos resultará ver la similitud entre dos puertas de muralla gemelas que nuestra ciudad posee, aunque la opinión de los expertos no deja duda. Nos referimos a la puerta de Alfonso VI, que hoy luce en todo su esplendor, y la enterrada puerta del Vado de la que, por cierto, no estaría mal que alguien se ocupara de adecentar su acceso para que pudiera ser más visitada y conocida por todos. Los técnicos han podido constatar que las proporciones de ambas son idénticas y sólo se diferencian por algún detalle del trazado, achacable a las características topográficas del terreno donde cada una se asienta.
   

Finalizamos este breve capítulo de elementos de la ciudad repetidos, con los más semejantes sin ninguna duda y no por partida doble sino triple, si bien es cierto que dos de ellos hay que buscarlos fuera de Toledo, concretamente en Madrid. Nos referimos a la estatua de Carlos V que se alza en el patio del Alcázar y que es una réplica de la original de Pompeio Leoni que se encuentra en el Museo del Prado. Otra segunda réplica se exhibe en el Salón de Columnas del Palacio Real.




Poéticamente conmovido

Había visto suficientemente la ciudad. Al otro lado del puente de Alcántara paseo hasta los alrededores de la estación, contemplando con placer la vida animada; y sobre todo siempre noblemente española, en las tabernas y los mesones de arrieros situados a lo largo de la carretera; hombres, mujeres, niños, se entretienen de la manera más apacible a la vez que cordial; un punto de disonancia, la tosquedad que enturbia esa amable escena popular. Pronto un espectáculo de otro género absorbe mis sentidos, todos los pensamientos: la puesta de sol ilumina, como el sol de Dios sólo sabe iluminar, la antigua ciudad real, que se yergue ante nosotros, exhibiendo toda su majestad, toda la belleza de este conjunto de torres, de castillos en ruinas. Los efectos de la luz, si terribles a las horas plenas del día, han pasado; la paz y la calma reinan sobre la ciudad y el campo, sobre las montañas y en la llanura. Todos los hombres, arrieros, muleros, incluso los niños, sienten la grandeza de esta escena; más de una de estas mujeres españoles dirigiría en una callada plegaria su mirada inteligente y serena hacia el lejano occidente de donde el tinte rojizo se expande sobre un paisaje extenso y severo. Estoy poéticamente conmovido. Acabo de pasar uno de los días más interesantes de mi viaje; día de gran fatiga, es verdad, pero lleno de gozos intelectuales que reaniman mi vigor. Estoy penetrado de reconocimiento, pensativo y sin embargo dichoso, el corazón satisfecho.

Reinhold Baumstark. Una excursión a España (1872)

 







Honda ciudad

El Toledo que desde aquí se divisa, sin ser único, ni mucho menos, pues su rostro ofrece infinitas facetas, es realmente castizo y clásico. Y se saborea cómo la ciudad, que parecía tan alta, es tan honda; honda cual una cisterna bíblica, resquebrajada a fuerza de grietas y simas. Será razonable consignar que estamos sobre la histórica Peña del Moro, pagana eminencia erguida como un índice perdido del cielo. Toledo, de chilaba y turbante blanco, duerme al otro lado del río, siempre bajo el amoriscado palio protector. Todo él es una aspiración metafísica hacia lo alto; pero ni las finas agujas afiligranadas, ni los barrios que a horcajadas unos de otros pretenden encaramarse al infinito, ni el soberbio empujón de la torre catedralicia, consiguen rebasar esta cumbre aromada de romances. Desde Santo Tomé al río, todas las torres son mudéjares y las paredes, encaladas, tienen una sucia pátina moruna. La civilización árabe fue la más alta y fecunda, con permiso de nuestros historiadores neos, y todavía el sueño mudéjar triunfa de la creyente Tolaitola.

Félix Urabayen. Quimeras nocturnas (artículo publicado en el diario El Sol) 1929






 






El peligroso viaje de Madrid a Toledo



Hoy día, en que desplazarse de Madrid a Toledo, y viceversa, es una actividad tan cotidiana y rápida que hace a muchos toledanos proclamar con orgullo eso de que Madrid es un barrio de Toledo, resulta difícil entender que hubo un tiempo, no demasiado lejano, en que hacer este trayecto constituía una aventura no exenta de incertidumbre y de riesgos. Los motivos eran varios: malos caminos que, sobre todo en invierno, hacían inestable el tránsito de los carros y diligencias tirados por caballerías; la temeridad con que eran conducidos tratando de alcanzar la máxima velocidad para reducir el tiempo del viaje, y los salteadores de caminos que de vez en cuando hacían acto de presencia para "aligerar" el equipaje de los viajeros.
Numerosos son los testimonios de aquellos primeros "turistas" que se acercaban desde la capital de España hasta Toledo en los que se alude a tan peligroso viaje. Uno de éstos, es el del célebre escritor francés Théophile Gautier que en su libro "Viaje por España", de 1840, describió su llegada a Toledo en estos términos cargados de ironía: 
 "Toledo es, sin duda, una admirable ciudad antigua, situada a doce leguas de Madrid —leguas españolas, que son más largas que un folletón de doce columnas, o que un día sin dinero, que son las dos cosas de mayor longitud que conocemos— Se va a la ciudad en una pequeña diligencia que sale dos veces por semana. Parece que este es el medio más seguro, pues pasados los Pirineos, como ocurría antes en Francia, se suele hacer testamento antes de emprender el menor viaje.
Nosotros no encontramos, la verdad, gran justificación a este terror a los bandidos, pero no cabe duda que él añade encantos y evita el aburrimiento de un viaje en diligencia, que es la cosa más vulgar del mundo. Así la expedición se convierte en una aventura, en la que se parte pero no se está seguro de volver. Esto ya es algo en una civilización tan avanzada como ésta moderna que podemos contemplar en nuestro prosaico y malhadado año de 1840. Se sale de Madrid por la Puerta del Puente de Toledo, muy adornado de volutas, estatuas y escarolados, de gusto mediocre, pero que, sin embargo, producen un efecto muy armónico; se deja, a la derecha, el pueblo de Carabanchel, donde Ruy Blas iba a buscar para María de Neubourg, la petite fléur d' Allemagne.

 Algunas cruces, de mal agüero, que tienden aquí y allá sus brazos desnudos; algunos campanarios, que indican un pueblo lejano, tal o cuál arroyo seco atravesado por un puente de piedra, son los únicos accidentes que se ofrecen. De vez en cuando se encuentra a un labriego, que marcha en su mula con la carabina al lado; a un muchacho, que arrea a dos o tres burros cargados con cántaros o sacos de pan; a algunas pobres mujeres, escuálidas y requemadas por el sol, que llevan medio arrastras a un chiquillo de aire salvaje. A medida que caminábamos, el paisaje se iba haciendo más desierto y pobre. Por eso, al divisar junto a un puente sobre un lecho seco a cinco escopeteros, experimentamos un sentimiento de satisfacción. Eran los jinetes que debían servirnos de escolta, pues ella es necesaria para ir de Madrid a Toledo. ¿No parece esto que se halla uno en Plena Argelia, y que Madrid se encuentra rodeado de una Metidja poblada por beduinos?
Hacemos alto para almorzar en Illescas, ciudad en la que hay vestigios de antiguas construcciones moriscas, cuyas casas ostentan rejas de complicado dibujo, rematadas por cruces. El almuerzo consta de sopa de ajo con huevo, la tortilla de tomate acostumbrada, almendras y naranjas, todo ello rociado con un Valdepeñas muy aceptable, aunque tan espeso que podría cortarse con un cuchillo.
La cocina no es la mejor cosa de España y puede decirse que desde los tiempos de Don Quijote, las posadas no han progresado mucho. Sin embargo, no sería difícil poder encontrar hoy las hermosas gallinas y los patos monstruosos de las bodas de Camacho.
El terreno, a partir de Illescas, es algo más accidentado, lo que tiene por consecuencia hundir el camino, en el que no se ve más que barrancos y terraplenes. Vamos deprisa; los postillones españoles se preocupan poco de lo que queda detrás de ellos y, con tal de llegar, aunque sea únicamente con la lanza y el juego de ruedas delanteras, se dan por satisfechos. Al fin entramos en Toledo entre una nube de polvo levantada por nuestras mulas, y por un tropel de caballos en el que iban unos cazadores."