Torre de la catedral

El cielo vuelve a sonreír y su alegría se manifiesta por algunos destellos de sol que forman como placas transparentes de oro y adornan la parte superior de la torre de la iglesia.
¡Y qué campanario! Lo remata una cruz actual, con bolas debajo. Luego, a medida que la mirada va descendiendo, se percibe un primer tejado, con picos de tres coronas, probablemente de hierro, y una torreta de granito adornada con una balaustrada y una serie de pequeños obeliscos; después una corona de picos de hierro, a continuación ocho ventanales para dejar salir el sonido de sus famosas campanas, y una guirnalda de cabezas de hombres, en mármol blanco, incrustadas en la piedra, bajo una cornisa. Por último, en la parte inferior de la torre, otras incrustaciones de color blanco o negro, y algunas hermosas estatuas de mármol blanco. Este es el campanario de la catedral de Toledo.
Sin querer establecer comparación alguna con los más bellos campanarios de Francia, es necesario reconocer que ésta es una obra deliciosa.

Augustin Challamel.  Un verano en España.  (1843)





 













Dos sorpresas ocultas en San Cipriano

La iglesia de San Cipriano, llamada también de San Cebrián, es hoy uno de esos lugares de Toledo poco conocidos por muchos toledanos y por casi todos los visitantes que llegan a la ciudad. Enclavada en uno de los barrios más característicos, ya en 1125 se cita como parroquia latina, y es muy posible que con anterioridad su espacio lo ocupase una mezquita, como delata la torre del templo, inicialmente exenta del edificio, y el patio anejo que ya en época cristiana se utilizó como cementerio.
Precisamente la torre es el el único elemento de época medieval que se conserva ya que la iglesia se rehizo desde los cimientos a comienzos del siglo XVII por iniciativa del canónigo de la catedral Carlos Venero y Leyva, quien además de proveerla de ornamentos y retablos, la dotó de una renta para sus capellanes.
El templo sorprende al visitante ya desde el exterior por su llamativa torre con pintura de ladrillo fingido de fuerte color almagre, resultado de una restauración realizada hace pocos años que, si bien puede reflejar el revoco que la torre tuvo en tiempos, según se comprobó por restos hallados en uno de sus huecos, hubiera sido preferible mitigar un tanto su intensidad que a todas luces resulta excesiva.
El pequeño patio da acceso al interior del templo, donde el visitante hallará no pocos motivos de sorpresa. Pero hoy nos vamos a detener en dos que, por no estar fácilmente accesibles al público, son casi desconocidos por la mayoría.
La primera de estas sorpresas corresponde a unos restos de pinturas murales, en bastante mal estado de conservación, que se hallan en una de las dependencias inferiores del templo, y que es posible pertenezcan a la primitiva iglesia.


 
Algo más accesible, pero oculto en un nicho bajo el altar mayor, se encuentra el cuerpo momificado del canónigo Venero y Leyva, benefactor de la iglesia, cuya imagen puede verse en un cuadro a la entrada de la sacristía. El cadáver, colocado sobre un ataúd de madera abierto, está revestido con ropas talares, con los pies calzados, y las manos entrelazadas sobre el abdomen. 

 

Cuadro real, casi vivo, casi intacto

Ninguna otra ciudad posee la espléndida e inagotable serie de monumentos arquitectónicos de casi todas las edades y que convierten a Toledo entero en un museo, donde puede seguirse casi por completo la historia del arte; pero en especial, y aquí está lo importante, el estudio de los rasgos que han de estimarse originales del arte genuinamente español en todas sus manifestaciones.
En ningún centro como en Toledo se ha acumulado y se conserva tan enorme masa de riquezas y joyas artísticas de todos órdenes y épocas (...)
Muy difícil es encontrar en parte alguna ciudad, en conjunto, más pintoresca que Toledo, donde, a una excepcional situación topográfica, se junta, sobre todo, el espectáculo fiel de lo que debió de ser nuestro pueblo más popular y más aristócrata y lujoso, con sus innumerables iglesias y conventos, sus viviendas góticas, mudéjares y platerescas, sus empinados y estrechos callejones: el cuadro real, casi vivo y casi intacto, en suma, de sus épocas de esplendor y grandeza.

Manuel B. Cossío. El arte en Toledo (1905)