Semana Santa: Historia, arte, religión

La Semana Santa en la catedral de Toledo, es imposible de describir, como todo aquello que pertenecea las regiones del sentimiento. Y cuando después, fuera de la santa basílica, en medio del silencio más elocuente, la procesión atraviesa las calles lenta, majestuosa, conmovedora, la emoción llega a tal punto, que ahogada la voz en la garganta y secos los ojos, reconcentrada toda la vida física, viviendo únicamente la vida del espítiru, sólo tenemos fuerzas para bendecir a la Providencia que nos ha conservado una ciudad tan llena de recuerdos cristianos, donde pueda el alma gozar las inefables delicias que la memoria de tan solemnes días despierta en nuestro espíritu.
Nosotros podemos asegurarlo por haberlo sentido. Hemos asistido en muchos pueblos de España a las sagradas ceremonias de la Semana Santa, y en ninguna parte hemos experimentado las cristianas emociones de tan solemnes días como en aquella ciudad donde la historia y el arte se aunan al sentimiento religioso para sostener con su fuerza poderosa las vacilantes creencias que parece destinado a arrancarnos el siglo en que vivimos.

J. de Dios de la Rada y Delgado. Semana Santa en Toledo. Publicado en “El Museo Universal” (9 abril 1865)















Extraña ciudad

Aquí el alma española, sometida a ruda prueba, adquirió tenacidad indomable y, al sentirse en su ley, se lanzó por esos mundo a conquistar naciones.
Han transcurrido siglos y, no obstante, perdura el carácter intenso y fiero de esta extraña ciudad, mitad goda, mitad árabe, tan genuinamente española en su conjunto.
El viajero que aspire a recibir la impresión más genuina de España, de esta España gloriosa que dió las carabelas a Colón, que triunfó en Lepanto, que se desangró por dar vida a veinte naciones, hijas de su esfuerzo y de su fe; de esta España que a la postre tenía el derecho de reposarse y se reposa con el rosario en una mano y el cigarrillo en la otra, deberá, sin más, venir a Toledo.

Rómulo Cúneo-Vidal. España. Impresiones de un sudamericano (1910) 



















De ayer a hoy (III)

  • Los Campos de don Gregorio 
Pocos lugares han cambiado tanto en Toledo, en los últimos 30 años, como el que hoy traemos al recuerdo. Los que tengan más de esa edad recordarán que una vez esta zona fue conocida como Campos de don Gregorio, en alusión a don Gregorio Sánchez Doncel, sacerdote de la Diócesis de Toledo, que en los años 50 del pasado siglo gestionó la compra de unos terrenos por el Arzobispado, (terrenos que hoy ocupa el Colegio de Infantes), con el fin de destinarlos a prácticas deportivas para niños y jóvenes de la ciudad. El recuerdo de aquellos hechos motivó el que, por extensión, los toledanos comenzasen a llamar "Campos de don Gregorio" a toda la zona que a mediados de los años 80 presentaba el aspecto que puede verse en la foto superior, donde se distingue, al fondo, el centro territorial de TVE, recién inaugurado. El gran desarrollo urbanístico llevado a cabo en el entorno de la hoy conocida como Avenida de Europa, ha dejado bien lejos el desolador panorama que este espacio de la ciudad ofrecía, como el que dice, hasta ayer mismo.

Las toledanas

Grabado de Reinhart. 1882 (Archivo Municipal de Toledo)
Los viajeros que, a lo largo de la historia, han ido pasando por Toledo nos han dejado descripciones muy valiosas de la ciudad y su ambiente, pero también de las personas que encontraron, sus costumbres, su carácter y sus señas físicas. Dado que la mayoría de ellos eran hombres, abundan las referencias a las mujeres. Hoy nos detendremos en las curiosidades que tres de estos viajeros observaron sobre las toledanas. El primero es el español Antonio Ponz, autor del célebre "Viage de España, o Cartas en que se da noticia de las cosas mas apreciables y dignas de saberse, que hay en ella", gigantesca obra en 17 volúmenes, que comenzó a publicar en 1772. Pues bien, en su visita a Toledo, el viajero hace la siguiente alusión a la limpieza de que las toledanas solían hacer gala en sus viviendas:
"Las mujeres son aseadísimas, y lavan los pavimentos enladrillados de las habitaciones casi con la misma frecuencia que los platos. Tienen por mucha porquería el escupir en dichos suelos; pero aún sienten más que se escupa en los patios, tambien enladrillados, por ser el receptáculo de las aguas llovedizas para sus cisternas; y así es conducente, que el que vaya a Toledo sepa esto, para no exponerse a algún sonrojo."
El inglés Richar Ford, que visitó España en la década de los años 30 del siglo XIX, anota en su libro "Cosas de España, el país de lo imprevisto", esta poco conocida e ingenua superstición con la que terminó una simple obra.
"Para las mujeres humildes de Castilla, cuando estaban embarazadas, procuraron un remedio espiritual los canónigos de Toledo, que tomaban el más vivo interés en la mayor parte de los casos. La entrada principal de la Catedral tenía trece escalones, y toda mujer que los subiera y los bajara, podía estar segura de que llegaría al final de su embarazo pronto y bien. No es maravilla, por lo tanto, el que, cuando el número de escalones se redujo a siete, todas las mujeres, solteras y casadas, lo tomaran muy a mal."
Las alusiones a la belleza de la mujer son abundantes, pero pocas veces se han descrito formas de belleza tan peculiares como las que hace el alemán Wilhelm von Humboldt, quien nos visitó en 1799 dejándonos en su libro "Diario de viaje a España" un muestrario inacabable sobre sobre multitud de aspectos de la vida española con especial atención a los rasgos etnológicos de sus habitantes. En Toledo, Humbold hace una visita al Colegio de Doncellas, donde observa lo siguiente:
"Me resultó chocante el ver tantas muchachas indígenas juntas, de las que sólo un par eran mayores. Todas eran bastante guapas, aunque no había ninguna que se pudiera considerar bella. Casi todas tenían cara alargada, mejillas llenas y una nariz alargada y sobresaliente. Una que hacía flores era de una belleza fofa y una tal donna Antonia tenía una belleza más severa."