De ladrillo y tapia

No obstante la abundancia que hay de este material (piedra), no sólo a la salida de los puentes de Toledo sino aún en el mismo peñón que ocupa la ciudad, parece que nunca en ella ha sido de moda el emplearla en los edificios públicos, pues a no ser la catedral, el Alcázar, la Casa de la Ciudad y algún otro, casi todos los más y, especialmente, las casas de los particulares, están fabricadas de ladrillo y aún de tapia, contentándose en las más visibles con adornarlas de una portadita que, por lo regular, suele ser de muy buena forma, ya en el gusto de Alemania ya en el romano; de esta mala elección de materiales resulta mucha deformidad en el aspecto exterior de las casas de Toledo que, al contrario, en lo interior son muy cómodas y aseadas en sus habitaciones y patios, desahogo que por lo general tienen todas. Este modo de edificar me parece muy conforme con el gusto morisco y aun llego a sospechar que los arquitectos de esta nación entendía poco el modo de trabajar y emplear la piedra, pues casi todas las obras que he visto de su tiempo en ésta, y sus más célebres ciudades de la Andalucía, son de ladrillo y yeso y, si han empleado algunas columnas de mármoles o de berroqueña, han sido tomadas de obras más antiguas.

José Andrés Cornide. Viajes al contorno de Madrid desde 1789 a 1793


 

















Admirable puerta del Sol


Otra joya de la arquitectura árabe es la puerta del Sol que no pude ver antes por pasar el carruaje a una velocidad vertiginosa, pero después pude observar con toda comodidad.

Este monumento, situado a la entrada de la ciudad, está perfectamente conservado y es uno de los más admirables que erigieron los conquistadores en toda España. Se asemeja a un arco de triunfo y las bóvedas, las columnillas colocadas en los frentes, las ventanas, las dos pequeñas puertas laterales, los ornamentos, son un exquisito ejemplo de elegancia y buen gusto; por sí mismo este monumento merece el viaje que hemos hecho esta mañana.

Contemplamos esta puerta durante mucho tiempo como en éxtasis; después, recorremos el cinturón de murallas que se desmoronan aquí y allá y vamos leyendo claramente la historia de las distintas dominaciones que se advierten de manera clara en las diversas formas de construcción, en las defensas, en los baluartes, de tal manera que se va creando en el pensamiento una extraña leyenda; y al final, el Tajo, el gran río que estrecha en dulcísimo abrazo la ciudad amada.



Francesco Bettoni. Note di viaggio (1879)

 











El bien hablar en Toledo


"Es ley del reino y real, que si alguna duda hubiere en las leyes y fuero de Castilla en cuanto a la lengua, que el intérprete sea de Toledo, porque allí es donde se habla mejor nuestra lengua o romance".
Esta afirmación contenida en el libro "Quinquagenas", de Gonzalo Fernández de Oviedo, escrito entre 1543 y 1545, destapa, por primera vez, una de las creencias más repetidas y sobre las que más se ha debatido, incluso hasta nuestros días. Pedro de Alcocer, autor de la primera historia de Toledo, de 1554, precisa que es el rey Alfonso X el Sabio el que sanciona esta norma como ley en unas cortes celebradas al comienzo de su reinado.
A partir de ese momento la afirmación se repite hasta la saciedad, llegando a formar parte de las creencias populares más arriagadas, que el propio Lope de Vega pone en boca de uno de los personajes de su comedia "Amar sin saber a quién" con estas palabras:
Dicen que una ley dispone
que si acaso se levanta
sobre un vocablo porfía
de la lengua castellana, 
lo juzque el que es de Toledo. 
 


Lo cierto, sin embargo, es que no se ha hallado, hasta el momento al menos, prueba documental alguna sobre la existencia de tal disposición legal, que algunos autores contemporáneos han llegado a negar categóricamente, entre ellos nombres tan reconocidos como Menéndez Pelayo o Rodríguez Marín.
Es posible que, como ocurre tantas veces, la realidad haya que buscarla en un punto intermedio, como ha apuntado algún investigador de nuestro tiempo. Es decir, no se trataría de un "privilegio idiomático" en favor de Toledo, sino de un "arbitraje jurídico", dada la importancia del sistema legislativo toledano de la época. Un arbitraje que en alguna ocasión alcanzaría a lo idiomático porque cada vez se iba extendiendo más la escritura en el incipiente castellano y habría que poner solución, en los eventuales litigios, por una autoridad reconocida.
Sea como fuere, esta creencia del buen hablar del toledano frente al resto de los naturales de la nación, rivalizando con otras ciudades castellanas como Valladolid o Salamanca, ha cobrado carta de naturaleza entre los tópicos que, con evidente exageración muchas veces, se aplican a los naturales de Toledo y del que es buen ejemplo este texto de Agustín de Rojas en su "Viaje entretenido", de 1603:
"Tiene hombres de grande ingenio, y si no, miradlo en nuestro oficio, que los famosos autores que le han ilustrado y puesto en el punto que ahora vemos, han sido todos naturales de Toledo; de donde se arguye que produce este lugar personas de peregrinos entendimientos y hábiles para todo género de artes, ingeniosas y de habilidad."
Pues dicho (y escrito) queda.





Compleja y desconcertante

Esta catedral es la más compleja y desconcertante que yo he visto. Ha cambiado de manos y creencias tan a menudo que es difícil entender algunas de sus partes. Hay formas, figuras y utensilios pertenecientes a lo mundano, que se han incorporado a lo largo de los siglos, en lugar de a la historia y la tradición de la Iglesia. Pero supongo que "la Iglesia" se asemeja también un poco a mi mismo en esta peregrinación donde estoy listo para tomar todo aquello que se me ofrece.
Las antecámaras de la catedral contienen mil restos de cosas bellas, aunque a veces se han visto empañadas por la presencia incongruente y ridícula de algunos añadidos y otras frivolidades. Los vitrales son excelentes y no encuentro palabras para transmitir idea del efecto que los magníficos rayos de luz vierten en el pavimento de esta gran iglesia.
El retablo es sublime; las tallas de la madera, presentes por todas partes, son de la más alta excelencia del arte; y el recinto del coro, en madera, piedra y bronce, es único. La imagen más llamativa es una colosal figura de San Cristóbal, de cerca de sesenta pies de altura, sosteniendo a un niño. La anatomía es defectuosa, pero en sus proporciones hercúleas resulta eficaz.
Los arcos de la puerta principal tienen merecida fama. Están rodeados de figuras de santos y emblemas sagrados trabajados con gran pureza. Hasta la dura y fría piedra parece arrojar las más suaves lágrimas y emitir los olores más dulces a través de los ojos ciegos y las flores sin vida que han persistido aquí a través de tantos siglos tormentosos. 

Charles Bogue Luffman. A Vagabond in Spain (1895)